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Complementos ⅓ (2017)

Nos gusta el color rojo, o al menos al tipo de persona en donde se me encierra. Nos gusta cuando la luz lo dibuja, cuando las pupilas lo recogen. Es una de esas raras atracciones inconscientes, con toda aquella cortina de niebla, morbo y miedo que el descubrirla trae consigo, y probamos el vernos descritos en lo que supone signifique el color. Navegamos en el desglose de posibilidades y atentamos contra su secretismo como fuego que evapora lo que le inunda. Atentamos contra su secretismo como fuego…como fuego…que nos llama, pues siempre hemos sido amantes de él por naturaleza. Nos condenamos por obtener su luz, su calor, más allá de que se nos deslizara por la epidermis, mordiéndonos.


Aprendimos a aguantar.


“No hay mal que por bien no venga” dicen en el barrio, en especial cuando entre vecinas hablan del nuevo inmigrante dominicano con cara de violador, por eso embarramos nuestras caderas en miel y resbalamos entre toda la mierda, entre todo el calor, entre todo lo que conlleve fragmentarse, de otro modo explotaríamos en la ironía pues somos granadas y metralla en manos de un dios masoquista que por nuestras tripas hace nadar un pirómano entre la ambivalencia de nuestros ácidos, entre la dependencia de querer ser para renunciarnos al instante, soportando orgullos enfermos, caminando sin saber hacia dónde, solo para no morir en seco. Formando guerras, queriendo imprimir huellas en la tierra dando nuestra sangre por ellas. Y como un acto consecuente nos convertimos en amantes de ella, de la sangre, por nuestras ideas. Nos volvemos amantes del mismísimo acto de creer que hay algo que debe ser rebajado a cenizas para que los dolores escapen hirviendo por los poros, bañándonos el coraje de ser racionales en un mundo con demasiadas interrogantes. Nos volvemos amantes de la flama de las estrellas, del sol como esa frontera que nos hace percatar que las interrogantes no nos conciernen solo a nosotros, sino a toda galaxia que se componga de polvo, de luz, de agua, hasta el punto en donde nos encontramos aquí, acostados, observando, pensándonos y pensando en todo lo que implica pensarse. Viéndonos redundantes, viéndonos escasos. Sorprendiéndonos con una sed increíblemente desaforada. Tratando con el esoterismo que nos lanza a la vida, intentando percibir en cuánto nos diferenciamos, llevando sobre nuestras narices la culpabilidad de un abandono.


Todo parece un absurdo, lo sé.


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