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Perdón… (2016)

Permíteme retratarte mis huesos en una página o en dos paredes, con la calmada ansiedad con que el músico pesca partituras en un mar de canciones, con la leve locura con que el escritor busca palabras en una pizarra de cielo; porque es necesario que me desvista. Permíteme hablarte claro, que el amor no se piensa mucho aunque sea abstracto. Pensarlo conllevaría al acto metódico de asesinar su misticismo. Permíteme llevártelo al tacto, sin tanta metáfora reusada, sin tanta imagen rebuscada. Permíteme tatuarte mi pecho en tu cachete izquierdo y hacerte nudos en el pelo con mis versos. Bueno sería que la razón de tu migraña fueran mis latidos y así decidir morir cuando las pastillas no te calmen, cuando el sueño no te alcance. Permíteme ser el mundo inexplorado, que la distracción de tu intriga sean mis dos tetillas escuetas, que la distracción de tu aburrimiento sean los pelos negros alrededor de mi ombligo. Permíteme ser tu sábana, aunque sea por ocho minutos, aunque se nos erice la piel del frío. Permíteme serte simple, que 12 veces he prometido serle fiel a tu lengua y ya no sé cómo decirle. Permíteme citarte en mi libreta para poder tacharte, borrarte y rimarte con el papel hasta convertirte en mancha indeleble. Permíteme ser etéreo en ocasiones; no me toques, olvídame, solo para escribirte de nuevo. Permíteme acercarme a tu mirada; mirada marrón, verde y vasta. Permíteme abrirla para que puedas insultarme, pues no soy perfecto. Permíteme morderte la oreja solo porque sí, porque sabes que me gusta y pintarlas con mi aliento, de lienzo tenemos la memoria. Permíteme vestirte con mis abrigos y hacer que dancen acariciando tus tetas desnudas, porque te encanta, porque mis abrigos siempre reposarán mejor en tí. Permíteme atraparte en mis palmas, acercar un ojo a la trampa entre mis puños, separar los dedos solo un poco y divisarte como el firmamento en la noche. Permíteme no ser eterno. Serlo implicaría no recordar con la duda de una mejor vida. Permíteme partirte los labios; serán vestigio de nuestro paso por la misma. Permíteme iluminarte la espalda con la yema de mi prosa. Permíteme alzarte, virarte, voltearte con sonrisas. Permíteme ruborizarnos el horizonte. Permíteme también castigarme si alguna vez te daño el vestido o te marco el cuello; o te hago brotar lágrimas de tu vista. Permíteme disculparme. Permíteme guardarte en mi caja de cartón donde guardo toda mi nostalgia. Permíteme cincelarte cuando esté mirando la puerta de mi pieza. Permíteme colarme entre tus maletas y ser el que te acompañe en tus rebeldías. Permíteme traspasar el umbral de silencio en tu apartamento y ser aquel que saque el cabello que tape la bañera. Permíteme arriesgarme, vivir en libertad mientras velas mis pasos. Permíteme disculparme si al final de todo me vale verga tu permiso, si es más fácil pedirte perdón.


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